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Reseña y streaming del nuevo disco de Arctic Monkeys “Tranquility Base Hotel & Casino”

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Luego de una espera de cinco años, la banda de Sheffield finalmente estrena su esperada sexta producción discográfica.

¿Quién eras tú en 2013? Es una pregunta que cabe hacerse un lustro desde entonces. Es una pregunta que será muy intensa de contestar para los fans quinceañeros de aquel fenómeno de masas rock alternativo engominado casposo que fue AM, el quinto trabajo de estudio de unos Arctic Monkeys por entonces descamisados y en estado de gracia compositiva. ¿Qué queda de aquello? ¿Qué queda en ti de ese fan incondicional violentamente arrastrado por letras de seducción, ambigüedad y deseo postdolescente?

Si algo ha caracterizado a Alex Turner y compañía a lo largo de su breve, pero vibrante carrera es un empuje tendencial hacia el cambio, que salvo entre su primer y su segundo LP, escindió totalmente en sonido de cada uno de sus lanzamientos. Pero el salto en este Tranquility Base Hotel & Casino es sin duda el más notorio que han pegado en su trayectoria. Si en lo técnico es fácil señalar hacia un Humbug flojeante, unos últimos Pulp, liberales, sueltos, universo simple y blusero, la evidencia que cabría destacar es que Turner ha cometido el “error” de realizar este disco con sus compañeros de banda y viaje en vez de, como amagó, en solitario. El sexto disco de los Arctic Monkeys es un ejercicio de pura madurez, desmarcado lírica, técnica y conceptualmente de todos sus predecesores, con unas pretensiones narrativas exclusivamente basadas en las obsesiones privadas de su compositor y en la trayectoria vital de los componentes del cuarteto. Todos estos factores lo convierten evidentemente en un trabajo inaccesible para cualquier expectativa hitera que pudiera caber repasando la discografía de los británicos, abriendo sin embargo un nuevo mundo y una relación completamente inédita con su sonido.

Tranquility Base Hotel & Casino es la micronarrativa de un lugar, un hotel de lujo, situado en la primera base que el hombre creó al conquistar -pisar- la luna. Desde esta perspectiva tan disociada, Alex Turner se erige como un narrador exquisito del éxito, la fama, el Rock & Roll del siglo XXI y la era digital. Una vez superado el repasado hasta la saciedad proceso y círculo vicioso de seducción, amor y ruptura que tanto determinaban los últimos tres (que ya está bien) álbumes de los Arctic Monkeys, queda por fin espacio para una infinidad de juegos de palabras, referencias alocadas y coñas internas que hacen mucho más trascendente y relevante su discurso. Turner sigue siendo tu tío borracho en la barbacoa familiar, pero está creando un ámbito autoreferencial y al mismo tiempo participativo que permite una mayor complicidad con lo que cuenta. Ni él ni sus colegas tienen un ápice de parecido a los eternos adolescentes que lanzaron AM en 2013. Sus inquietudes, siempre reincidentes, siempre revueltas y nunca acabadas, esta vez sin embargo se dirigen hacia un ámbito más familiar, y esta privacidad se siente desde el minuto 0, también en lo sonoro.

Para Turner se han acabado los juegos de máscaras. El tiempo ha pasado y aquí cada alusión es tan evocadora como rastreable y explícita. Ha terminado la época en la que Arctic Monkeys eran un grupo de impúberes dispuestos a levantar una estructura con la que derribar todas las que estaban a su alrededor. Ahora están alzando la suya propia (el Tranquility Base & Hotel Casino) en la que sin embargo te invitan a entrar educadamente, con sus mostachos, sus camisas excesivamente desabotonadas, y la guasa que sólo permite el estrellato cínico. La propia estructura del LP explica con sencillez por qué no hay singles: no existe prácticamente ningún tema que pudiera funcionar como tal. Si canciones como Four Out of Five, Star Treatment o Batphone terminan por destacar, lo hacen exclusivamente dentro de la narración del disco, que resulta tan desconcertante a priori como legítima en las posteriores escuchas. Parece prácticamente ridículo pensar en que Turner y compañía hayan realizado un disco conceptual basado en crear un ambiente, en evocar un lugar imaginario en el que dar rienda suelta a una historieta hilarante y anti intuitiva, pero sin embargo lo han hecho con mucho más acierto del que cabía esperar.

 

Cansados de ser arrastrados por emociones juveniles, los Arctic Monkeys estructuran de forma inteligente e intuitiva un LP sofisticado, sencillo y efectivo. Aunque cabe decir que será más intrascendente (por su ausencia de singles) que el resto de sus trabajos, es aquí, una vez más, donde los de Sheffield nos demuestran que hay más cosas de las que son capaces que un puñado de melodías rabiosas y memorables para el vulgo. Esto y sus infinitas referencias a Leonard Cohen no convierten ni remotamente a Tranquility Base Hotel & Casino en uno de los discos del año, pero reivindican el papel del grupo y sobre todo de su líder en el panorama de guitarras contemporáneo. Entrar a juzgar la salud de este escenario sería ya una tarea muy compleja, pero el nivel de comprensión que tiene Alex Turner del mismo es sin duda notorio, e invita a seguirle ya sea por ausencia de referentes o por mera estima familiar a su bigote y su insigne extravagancia.

 

 

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