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Jue, Dic
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Pueblo chico, infierno grande: Nación Asesina

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Nación Asesina, es prácticamente la ópera prima de Sam Levinson, la premisa es sencilla, y bastante atractiva; juega con la noción de la cacería de brujas y gusta de ser disruptiva, de jugar con las espectativas de su espectador, lo que la hace bastante atractiva. Salem, nada más y nada menos, es el escenario en el que estalla la cinta: un hacker ventila el oscuro historial de una figura política, después del director de una preparatoria, y la información de un padre de familia, junto con las fotos íntimas de una chica, ¿por qué no?

Salem termina convirtiéndose en un campo de guerra. ¿Qué tienen en común un político, un director y una chica que ejerce su sexualidad como mejor le parece? La respuesta que provocan en su entorno, lo rápido que se mueve la información, y por ende, los malentendidos. Su discurso, en su fondo, es una crítica afilada que no pretende, en lo más mínimo, ser discreta; ¿existe la privacidad aún? ¿Hasta qué punto nos compromete la información de nuestros ordenadores? Y lo más importante, ¿por qué deberíamos sentirnos comprometidos por cómo ejercemos nuestra privacidad? En EUA, (y en el resto del mundo, también, pero sobre todo en EUA), la cacería mediática de brujas ha estado a pedir de boca. Basta con ser acusado por cualquier para terminar en la diana; basta con acusar para acabar con la carrera de alguien; la evidencia no importa. Todo es malo. Todo debe de ser malinterpretado, y todo se presta perfectamente a ser malinterpretado porque la información de un dispositivo es en apariencia, esencialmente concreta. Todos estamos expuestos en línea, una imagen es para siempre. Lily (Odessa Young), nuestra protagonista, se desenvuelve desde el principio como un personaje que no se doblega con los complejos de su entorno; cuando se filtran sus fotos, empieza a ser perseguida sin descanso; las cosas se salen de proporción, y la proporción en este caso es el bamboleo de los casquillos de una ametralladora conforme se esparcen por el piso, frente a unos suburbios en llamas. 

La estética es interesante porque es deliberadamente artificial, a Levinson le gusta moverse a tráves de los espacios, le interesa mucho habitar dichos espacios, atravesarlos, construir estos pequeños instantes de intimidad y hacer un escenario a gran escala de todo Salem.  Es interesante cómo los formatos narrativos que se han incorporado, casi inadvertidos (al menos como elementos narrativos, en forma), a nuestra cotidianidad, están impregnando al cine: el formato de la cámara vertical y esta perspectiva del instante, de las 'historias' en función de los personajes; los mensajes: el contenido y el propósito de los mismos. Un guiño a Mean Girls es innegable en su estilo, así como a The Purge. La película de una manera u otra es un retrato de las formas cambiantes, en sociedad, y en el entretenimiento. A leguas se nota también un gusto, bien aplicado, por el cine de serie-b: la película no es lo suficientemente violenta, como para ser de terror; pero tampoco es una comedia en forma; aunque tiene grandes momentos de humor negro, es bastante más oscura que eso. Quizás el discurso aboga demasiado en pro de las minorías victimizadas, ¿hasta qué punto es sano seguir afirmando que un 'gringo blanco' es necesariamente un agresor? La exclusión y el resentimiento son excelentes elementos dramáticos, pero fuera del cine (o de cualquier disciplina), estarían mejor obsoletos.

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